"Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos." Juan 13.34-35
Las disputas sobre la religión verdadera han sido, y son, una de las plagas más ponzoñosas de la humanidad. Jesús, sin dobleces, enseñó que no son los ritos ni los dogmas los que identifican a los hijos e hijas de Dios, sino el amor. Sin amor, el conocimiento y la religiosidad no son más que vanidad, un ornamento externo, pomposo e inútil. Según Jesús, entonces, conoce a Dios realmente quien manifiesta en la propia vida el amor, la compasión y la justicia; en resumen, el carácter divino. Si las doctrinas, las prácticas espirituales y la adoración comunitaria no producen frutos de amor, son maldiciones más que bendiciones.
"Se sabe quiénes son hijos de Dios y quiénes son hijos del diablo, porque cualquiera que no hace el bien o no ama a su hermano, no es de Dios. Éste es el mensaje que han oído ustedes desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Pues porque los hechos de Caín eran malos, y los de su hermano, buenos." 1 Juan 3.10-12
El amor no es, ni puede ser, parcial o segmentado. El amor que distingue a los "hijos de Dios y los hijos del diablo" se extiende sin fronteras, sin distinciones, sin preferencias. El amor piensa con benignidad, habla con misericordia, y actúa con justicia. No son las doctrinas, por correctas que sean; ni las prácticas piadosas, por benéficas que nos parezcan; ni siquiera la adoración a Dios, por muy justa y digna que es; sino en el amor donde reside el testimonio, la piedra de toque de la religión verdadera. ¿Queremos saber si estamos en la fe? El amor es la única prueba.





