viernes, 20 de marzo de 2015

La práctica hace al maestro

"La práctica hace al maestro". Este dicho, tan conocido popularmente, refleja una verdad reconocida por todos. No hay posibilidad de alcanzar el dominio en cualquier campo de la vida a no ser por la práctica. Eso es verdad también en la esfera de la espiritualidad.

La idea es muy sencilla: no hay éxito sin práctica constante. Y, cuanto más se practique una habilidad, tanto más se perfeccionará. Esto es válido para cualquier ramo del esfuerzo humano. La práctica es el precio de la perfección.

"Pero no basta con oír el mensaje; hay que ponerlo en práctica, pues de lo contrario se estarían engañando ustedes mismos." - Santiago 1.22

En las disciplinas espirituales los frutos de esta ley son particularmente notables. La oración, la meditación, la contemplación y el servicio, son enteramente una cuestión de práctica consciente y perseverante. La "verdadera religión", puede muy bien ser definida como la práctica consciente de la comunión con Dios en todas y cada una de las actividades de nuestra vida diaria.

martes, 17 de marzo de 2015

Exaltación


Al término de la caminada
encontramos el comienzo de
la vida que es vida plena.
Evolución espiritual, ¡exaltación!

¿Qué es el hombre para ser tomado
en cuenta por el Infinito?
Es conciencia del Uno que
se manifiesta activamente.

No es polvo de estrellas sin sentido.
Es maravilloso creador,
agente de la Divinidad.

viernes, 13 de marzo de 2015

La Fuente de todo Ser

«El hombre no debe tener un Dios pensado ni contentarse con Él… Uno debe tener más bien un Dios esencial que se halla muy por encima de los pensamientos de los hombres y de todas las criaturas.» Meister Eckhart

La definición más general que nos da el diccionario sobre el vocablo DIOS es “ser supremo”, es una definición muy indefinida en verdad, una generalidad tan abierta que no nos dice nada en sí misma. Y cuando una palabra es indefinida, tenemos la tendencia a llenarla con nuestras propias categorías. Así ha sido con la palabra Dios en la mayor parte de las culturas; una palabra vacía transformada en recipiente de fantasías, temores y anhelos.

¿Qué entiende la gente por la palabra Dios? Es probable que la mayoría de los adultos sonría ante la caricatura de un hombre gigante, sentado sobre un trono brillante, observando al mundo y manejando “desde arriba” los hilos de nuestro destino; no obstante, basta escuchar con atención para percibir que, en el fondo, es exactamente eso lo que entienden por Dios.

No es de extrañar que muchos hayan propuesto abandonar toda búsqueda de Dios, suprimir el uso de la palabra, y negar cualquier posibilidad de conocer algo sobre Dios si acaso hubiese... y, eliminado el problema del Ser Supremo, suspirara aliviados: “¡Gracias a Dios!” Sea como fuere, todo ser humano posee una apertura hacia el misterio de toda existencia, un anhelo de sacralidad que clama por ser saciada.

La forma más primitiva de percepción de lo sagrado se relaciona a las necesidades vitales y al instinto de conservación. Es sagrado aquello que proporciona alimento, protección y satisfacción. Por cierto es una forma primitiva, egoísta e interesada, pero fuertemente presente en la religiosidad popular: Dios es la Persona, Poder o Fuerza que sacia las necesidades vitales.

El antropólogo rumano Mircea Elíade se refería a este fenómeno desde la observación de los pueblos antiguos y venía a afirmar que el ser humano es ante todo un ser mítico; por eso señala este autor que:
“la mayoría de los hombres sin religión comparten, a pesar de todo, pseudoreligiones y mitologías degradadas que no son sino supersticiones y sustitutivos de las religiones.”

Otra forma de concebir y definir al “ser supremo” es identificarlo con las fantasías fantasmagóricas surgidas del temor a lo desconocido. Dios es quien pone orden al caos. La vida, la existencia toda, es un misterio tan grande, tan incomprensible, que se necesita una fuerza divina para mantenerla bajo control y protegernos de ser devorados por su caótico devenir.

El fundador del psicoanálisis, el neurólogo austríaco Sigmund Freud, identificaba esa concepción de lo divino y de la religión con las neurosis infantiles: “Ni los demonios ni los dioses existen, son todos productos de las actividades psíquicas del hombre.”

La mayor parte de las religiones dogmáticas, en especial las derivadas del henoteísmo semita, imaginan un Dios esencialmente antropomórfico, aunque en el discurso más estilizado se procure disimular ese rasgo. La divinidad es, en esa concepción, un hombre gigantesco [sí, siempre un ser masculino], un rey que imparte justicia de manera objetiva premiando y castigando a los humanos según se ajusten a un conjunto de Leyes dadas por él.

Esa imagen de Dios es la que han rechazado invariablemente todos los pensadores y humanistas a lo largo de los siglos. ¿Cómo no hacerlo? Si Dios es así, entonces es un tirano cósmico, un autócrata inmoral con rasgos de psicópata. Tristemente, esa imaginación de Dios, ha producido una cultura humana moldeada a su imagen y semejanza. Como bien lo dijo Thomas Paine: “Creer en un dios cruel hace cruel al hombre.”

El teólogo y filósofo estadounidense W. John Murray escribió: “El dios en el que se nos han enseñado a creer es el antiguo dios tribal de los hebreos, un dios enojado, irascible y vengativo; un descomunal y enorme Hombre-Dios patriarcal, que vive en los cielos sentado en un trono y rodeado por ángeles tocando harpas y ofreciendo incienso. El cielo en el que se nos han enseñado a creer es el concepto oriental de un palacio supra-terrenal, con paredes de jaspe y ónice, en una magnificente ciudad con calles de oro. Dios ha sido concebido como un Gran Rey que habita con poder y majestad, muy lejos y por encima de nosotros, dispensando favores y castigos, tal como uno de los grandes monarcas terrenales del pasado, que con una mano hacía concesiones generosamente y que con la otra infligía castigos.”

Para una gran porción de la población mundial, Dios no es más que una convención. Se concibe a la divinidad como legitimadora y garante de los usos y costumbre sociales, se diviniza el conformismo. Es la aceptación formal de un dios lejano, remoto e inaccesible, cuyo interés en nuestra cotidianeidad se cuestiona profundamente, y cuya presencia no se entiende, salvo en un sentido intelectual.

La siguiente frase de la actriz inglesa Jane Seymour ilustra muy bien esa postura conformista y anodina: “Creo que hay una entidad espiritual que es más grande que nosotros. Yo no pertenezco a ninguna religión organizada específica. Siempre he creído, y creo, aún más ahora. Creo que alguien me escucha, y me da una vida muy bendecida.”

Desde el Renacimiento, cada vez más la tendencia ha sido hacia una concepción individual de lo numinoso. La reflexión subjetiva ha llevado a muchos al ateísmo, pero también ha sido la senda para entender lo sagrado a la luz de la vida que vive la humanidad. La concepción de Dios pasa a ser crítica, subjetiva y personal, se producen pugnas entre la relatividad de la vida cotidiana y lo absoluto del misterio de la vida en su totalidad, eso conduce a una toma de responsabilidad de las creencias, de los valores, y de la conducta personales, así como también a un entendimiento maduro de la dimensión sagrada de la realidad.

Voltaire lo expresó lacónicamente: “Si no existiera dios habría que inventarlo.”

Todas las anteriores formas de concebir a Dios son, de una forma u otra, proyecciones de la constitución psíquica y de la cultura que da forma a la vida individual y colectiva. En ese sentido, Dios no es más que un invento, un reflejo de los miedos, los deseos y los anhelos de la humanidad. Si eso entendemos por Dios, entonces no hay gran problema ni pérdida en abandonar tal idea. Pero se puede dar un paso hacia la superación de las paradojas y relativismos, y así trascender los símbolos heredados de la cultura de origen. Esa concepción de Dios como la dimensión profunda que fundamenta toda vida y existencia, permite avanzar hacia la conjunción con las personas y el Universo.

Paul Tillich, un pensador que ha catalizado el pensamiento teológico progresivo de los tiempos modernos, se refirió a Dios como el “Fundamento de nuestro mismo Ser”. En su obra Se estremecen los cimientos de la Tierra, él dice: “El nombre de esta infinita e inagotable profundidad y fundamento de todo ser es Dios. Esa profundidad es lo que la palabra Dios significa. Y si esa palabra no tiene mucho significado para ti, tradúcela y habla de las profundidades de tu vida, de la fuente de tu ser, de tu máxima inquietud, de lo que tú tomas seriamente sin reservas mentales. Quizás para poder hacerlo tengas que olvidar todo lo tradicional que has aprendido sobre Dios, a lo mejor la palabra misma. Porque si sabes que Dios significa profundidad, sabes mucho sobre Él. No puedes entonces considerarte ateo o incrédulo. Pus no puedes decir: ¡La vida no tiene profundidad! La vida es superficial. El ser mismo es sólo superficie. Si pudieras decir esto en completa seriedad serías un ateo; de otro modo no lo eres. El que sabe sobre profundidad sabe sobre Dios.”

Si entendemos a Dios como la Fuente y fundamento de toda la existencia, entonces entendemos lo divino como una característica universal, sin fronteras, sin límites, sin exclusiones. Dios trasciende las culturas y los credos. Una concepción de lo divino que vea el misterio sagrado en todo lo que es, será también un factor de proactividad comunitaria, y un semillero de ideas que rompan con lo establecido. Eso, a fin de cuentas, es la iluminación y la realización de la divinidad esencial.

El fundamento de todo lo que es no puede ser múltiple, sino que en su simplicidad y unicidad radica su misma universalidad. Puede haber diferencias en detalles superficiales, en accidentes fortuitos, pero no en la raíz de ser lo que se es. Lo que es, es. Por eso sostenemos que no hay más que un Dios. Dios es unidad, unicidad y universalidad del ser en profundidad.

Esta profundidad esencial, que con toda justicia y propiedad llamamos Dios, es el fundamento de toda Verdad, bajo las verdades fragmentarias de nuestras percepciones parciales del Universo; es el fundamento de toda Sustancia, bajo la multiplicidad caótica de los elementos; es el fundamento de toda Inteligencia, bajo las limitaciones de nuestro entendimiento finito; es el fundamento de toda Vida, bajo las variadas formas de su manifestación individual; es la Ley, que fundamenta todas las leyes del Universo; es la Voluntad, y la Fuente de todo Poder.

La infinita e ilimitada profundidad divina es Presencia, es Bien. En todo lo que vemos, y también en lo que no vemos, percibimos esta Presencia infinita e ilimitada, el Uno, que es la totalidad de la Verdad, la unicidad radical de todo lo que es. Cuando percibimos las cosas desde este punto de vista, llegamos a la conclusión de que Dios es Todo.

El Uno, la profundidad divina esencial, representa el fundamento de toda Verdad en el Universo. Una infinita, ilimitada y perfecta Ley crea y gobierna todo lo que se hace visible, manifestándose en la multiforme gama de existencias individuales. Tan sólo hay una Ley, el Uno, la Presencia de la profundidad del Ser. Percibimos, de esa forma, que no hay más que una sola Fuente, una Sustancia, una Mente y una Vida, como toda Inteligencia y Poder.

Esta infinita y eterna Inteligencia y Poder es la fuerza que rige el Universo, todo es lo que es en el Uno. Todas las cosas, grandes y pequeñas, son continuamente originadas, mantenidas y conservadas por esta Inteligencia Infinita. Las llamadas leyes naturales, son la manifestación individualizada de esta Ley fundamental que es Dios. Lo que es, es ahora, es presente y es Presencia.

martes, 10 de marzo de 2015

Divinal


Existe entre nosotros,
ajeno a nuestros ojos,
otro reino supra-humano,
imperceptible a lo carnal.

Reino de luz infinita,
formado por todas las almas,
de la primera a la última,
reflejando la gloria del Uno.

Ángeles eternales
que pueblan los planos 
más secretos de la Creación.

viernes, 6 de marzo de 2015

Padrenuestro

Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñase a orar, el Maestro les dio ejemplo de cómo hacerlo. Con sinceridad, sencillez y confianza, él les enseño a dirigirse a Dios con la actitud de niños confiados dirigiéndose a un padre amoroso y lleno de bondad.

Al recitar el Padrenuestro, la oración más grandiosa que se haya pronunciado, Jesús comenzó diciendo, "Padre nuestro" -de ustedes y mío- porque deseaba expresar, sin ambages, la verdad indiscutible de nuestra filiación divina, y el incondicional amor paterno que Dios tiene por cada una de sus criaturas. Nosotros nunca podemos estar separados de la amorosa presencia del Padre.


Padre nuestro que estás en los cielos. Al decir Padre nuestro, estamos identificándonos familiarmente con Dios. No somos extraños, somos hijos e hijas, herederos del amor, la bondad y la gloria del Padre. También nos reconocemos hermanos y hermanas. Dios no es Padre mío, sino nuestro. Y la extensión de su paternidad está en el cielo que es el mismo en cualquier lugar y tiempo, sin diferencia, sin variación.

Santificado sea tu nombre. No significa esto una declaración exclusivista y opresiva. Más bien es el llamado a reconocer que, sin importar nuestra condición, nuestras ideas o nuestras determinaciones históricas y culturales, la unidad fundamental de toda la humanidad en la Presencia divina. Cuando reconocemos a Dios la Infinita Presencia, reconocemos la santidad de nuestra propia unidad filiar con su naturaleza de amor, paz, armonía, alegría, felicidad, belleza e inteligencia.

Venga a nosotros tu reino. Dios, nuestro Padre, es Bueno, y todo lo que pertenece al Padre, pertenece también a sus hijos e hijas, sin embargo, depende de nosotros aceptarlo y "dejar" a Dios que trabaje en nosotros, y a través de nosotros, para manifestar el bien que nosotros deseamos. Es una Verdad divina que Dios puede hacer por nosotros aquello que él puede hacer por medio nuestro... En otras palabras, nosotros debemos sanar nuestra mente y nuestro corazón de todo aquello que nos impide percibir la bondad divina en todas las cosas.

Hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el cielo. Dios nos creó con voluntad propia y con la libertad de escoger. La voluntad del Padre para con nosotros es que seamos capaces de hacer elecciones libres y responsables. Por medio de nuestros pensamiento, nuestras creencias y de nuestra voluntad para demostrar fe realizamos la voluntad de Dios. Nada es es imposible para los hijos e hijas de Dios, todos nosotros. Si tan solo podemos creer y percibir la verdad de que "lo poseemos ahora mismo". Esta "creencia", confiada en la bondad paterna de Dios, es el estado de nuestra mente y de nuestro espíritu que permite que el Padre manifieste su bondad providente en todos nuestros asuntos humanos. Por medio nuestro, aquí y ahora, tal como nosotros lo sabemos en nuestro corazón, traemos el cielo (en el cual estamos en espíritu) a la tierra.

Danos hoy nuestro pan de cada día. Dios se interesa no solamente por las cosas que nosotros consideramos que son importantes, sino también por las cosas más pequeñas que podemos desear o necesitar. Dios, nuestro Padre amoroso y siempre presente, es la Fuente de todo bien, y en esta declaración Jesús nos enseña a confiar en Él para nuestra provisión.

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Nuestro corazón debe liberarse y estar abierto al impulso divino. Mientras estemos aferrados a lo que alguien nos debe, o que nosotros le debemos algo a alguien, nuestro espíritu no es "libre", está siendo perturbado por algo que no es verdad... en el espíritu no existe deuda porque en este plano todos somos Uno. Y cuando percibimos este "sentimiento" de estar libres de deudas, o de que nos deben algo, nuestro espíritu se hace más abierto y receptivo a todo lo que Dios es.

Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Nada es bueno o malo en sí, sólo la percepción que tenemos de las cosas las hacen así. Al elevarnos al entendimiento espiritual de la vida y de nuestra relación con Dios somos librados de la la tentación de menospreciarnos y la tentación de menospreciar a los demás. Los pensamientos de nuestro corazón no pueden enfocarse en una expansión y aumento del bien divino en nuestra vida mientras estemos aferrados a lo negativo.

El Padrenuestro es la expresión resumida de la espiritualidad de Jesús, es una manifestación espiritual del corazón del Maestro, en la que cada frase crea una "acción" en la mente, un reflejo que produce una expansión en la conciencia de nuestra relación con Dios dándonos poder para vivir una vida más plena y abundante.

martes, 3 de marzo de 2015

Sean ustedes perfectos


La evolución espiritual
inicia en la revolución
de lo mortal del hombre.
Espiral cromática infinita.

Toda vida, en el interior
de la vida universal
está  regida por la ley.
La única Ley real.

El amor del Padre se expande, 
siendo su última finalidad
alcanzar la perfección de todos.

viernes, 27 de febrero de 2015

Desarrollando el amor divino

Mi alma está llena de Amor Divino. Estoy rodeado de Amor Divino. Yo irradio Amor y Paz a todo el mundo. Yo manifiesto conscientemente el Amor Divino. Dios es Amor y no existe otra cosa en la creación que Dios y Su Expresión.

Todos los Seres Humanos somos expresiones del Amor Divino, de manera que Yo no puedo tropezarme con otra cosa que las expresiones del Amor Divino. No puede ocurrir otra cosa que las expresiones del Amor Divino. Todo esto es la verdad ahora. Este es el caso actual, el actual estado de cosas. Yo no tengo que esforzarme a que esto suceda, lo observo en este momento. El Amor Divino es la naturaleza del Ser. No hay, en todo el Universo, sino Amor Divino y yo lo sé. Yo comprendo perfectamente lo que es el Amor Divino. Yo tengo realización consciente del Amor Divino. El Amor de Dios arde en mí hacia toda la humanidad. Yo Soy un foco de Dios irradiando Amor Divino a todo aquel con quien yo me encuentre, hacia todo aquel en que yo piense. Yo perdono todo, todo lo que necesite mi perdón, absolutamente todo. El Amor Divino llena mi corazón y todo está perfecto. Ahora irradio Amor a todo el universo, sin excepción de nadie. Experimento Amor Divino. Yo manifiesto Amor Divino. Doy Gracias a Dios por esto.


El apóstol Pablo dijo: "cambien de manera de pensar y cambiarán su manera de ser". La renovación de nuestra mente se hace cambiando cada creencia antigua a medida que vayan presentándose en nuestra vida o en nuestra conciencia, con conocimiento de acuerdo con la verdad.

Existe un principio que manifiesta la ley: LO QUE PIENSAS Y SIENTES, SE MANIFIESTA EN LA FORMA. SOBRE LO QUE MEDITAS, EN ESO TE CONVIERTES. Es mejor no divulgar la verdad que estas aprendiendo. No porque haya que ocultarla, sino porque hay que respetar el grado de comprensión de cada individuo. Un viejo refrán dice: “cuando el discípulo está preparado, aparece el Maestro.”. Por LEY DE ATRACCION, todo el que esté preparado para subir de grado es automáticamente acercado al que lo puede adelantar, de manera que no trates de hacer labor de adoctrinador.

"Amados hijos míos, debemos amarnos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es hijo de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. Dios nos dio muestras de su amor al enviar al mundo a Jesús, su único Hijo, para que por medio de él todos nosotros tengamos vida eterna. El verdadero amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo, para que nosotros fuéramos perdonados por medio de su sacrificio. Hijos míos, si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto nunca a Dios; pero, si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y también su amor estará en nosotros. Sabemos que estamos íntimamente unidos a Dios porque él nos ha dado su Espíritu.  Nosotros mismos lo hemos visto, y lo decimos sin miedo: el Padre envió a su Hijo para salvar a todo el mundo. Si alguien reconoce que Jesucristo es el Hijo de Dios, queda íntimamente unido a Dios, como si fuera una sola persona con él. Sabemos y creemos que Dios nos ama, porque Dios es amor. Cualquiera que ama a sus hermanos está íntimamente unido a Dios. Si en verdad amamos a los hermanos, y si vivimos como Jesucristo vivió en este mundo, no tendremos por qué tener miedo cuando Jesús venga para juzgar a todo el mundo. La persona que ama no tiene miedo. Donde hay amor no hay temor. Al contrario, el verdadero amor quita el miedo. Si alguien tiene miedo de que Dios lo castigue, es porque no ha aprendido a amar. Nosotros amamos a nuestros hermanos porque Dios nos amó primero. Si decimos que amamos a Dios, y al mismo tiempo nos odiamos unos a otros, somos unos mentirosos. Porque si no amamos al hermano, a quien podemos ver, mucho menos podemos amar a Dios, a quien no podemos ver. Y Jesucristo nos dio este mandamiento: «¡Amen a Dios, y ámense unos a otros!»" 1 Juan 4.7-21