martes, 14 de abril de 2015

Letanía onírica (II)

Dios de todo lo que existe,
Misterio insondable de amor. 
Dios de toda vida, y Vida que vive
en la humanidad universal.

Es mi profunda oración que los sabios 
se interesen en lo profundo de tu Espíritu,
y encuentren su ciencia en las luminosas
páginas del libro de la Naturaleza.


Anhelo ver artistas inspirados,
manos creadoras del Creador,
expresando en sus obras la prístina
belleza del plan divino.

Ruego por médicos llenos de amor al prójimo, 
en quien ven el reflejo del Eterno,
cuidando los cuerpos dolientes
por medio del remedio espiritual.

viernes, 10 de abril de 2015

El pensamiento creador

Existe en oriente una máxima que resume la más grande y fundamental de todas las leyes de la mente: "aquello en lo que pensamos, se acrecienta." Lo que fuere que que ocupe nuestra mente, gana preponderancia sobre nuestra vida. Si el contenido dominante de los pensamientos es bueno o malo, la ley opera y la condición se acrecienta. 

Cualquier tema que se mantenga fuera del campo de la mente disminuye su influencia sobre la vida, porque lo que no se usa se atrofia. Cuanto más concentremos los pensamientos en las quejas, los problemas o las injusticias que hayamos sufrido, más del mismo tipo de dificultades se manifestarán en la experiencia de vida. Cuanto más positivamente pensemos, tanto más positivas serán nuestras percepciones de la vida.



"Por último, hermanos, piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en toda clase de virtudes, en todo lo que merece alabanza." Filipenses 4.8

Aquello en lo que pensamos, se acrecienta. El pensamiento es fundamentalmente creador. No de realidades, como ciertas obras de moda sostienen, sino de percepciones de la realidad que, a fin de cuentas, son las que proporcionan el marco de significado a nuestras vidas.

martes, 7 de abril de 2015

Letanía onírica

Dios de todo lo que existe,
Misterio insondable de amor. 
Dios de toda vida, y Vida que vive
en la humanidad universal.


Sueño, con sencillez infantil,
con gobernantes sensibles y compasivos 
que trabajan al servicio del bien común.
El verdadero poder es la ternura.

Sueño con hermanos y hermanas 
que usen sus talentos y discernimiento 
en beneficio de todos.

sábado, 4 de abril de 2015

Fuera de la Belleza no hay salvación

Recuerdo, con precisión nítida, el momento en que tuve la percepción intelectual que liberó mi razón para pensar. Estaba en el seminario. Repentinamente, con enorme espanto, percibí que todas aquellas palabras que otros habían escrito en mi cuerpo no habían caído del cielo. Si no venían de allá, no tenían derecho a estar donde estaban. Eran demonios invasores. Se abrieron mis ojos y percibí que esa monumental arquitectura de palabras teológicas que se llama teología cristiana se construyó, entera, en torno de la idea del infierno. Eliminado éste, todos los tornillos lógicos se soltarían, y el enorme edificio se vendría abajo. La teología cristiana ortodoxa, católica y protestante –excepto la de los místicos y los herejes–, es una descripción de los complicados mecanismos inventados por Dios para salvar a algunos del infierno; el más extraordinario de esos mecanismos es el hecho de que el Padre implacable, incapaz de perdonar simple y gratuitamente (como todo padre humano que ama lo sabe hacer), mata a su propio Hijo en la cruz para satisfacer la estabilidad de su contabilidad cósmica. Queda claro que quien imaginó eso nunca fue padre. En el orden del amor, son siempre los padres quienes mueren para que su hijo viva.
Hoy, las ideas centrales de la teología cristiana en que creí no significan nada para mí: son conchas de cigarra, vacías. No tienen sentido. No las entiendo. No las amo. No puedo amar a un Padre que mata al Hijo para satisfacer su justicia. ¿Quién podría? ¿Quién lo cree?
Pero lo curioso es que sigo ligado a esa tradición. Hay algo en el cristianismo que es parte de mi cuerpo. Sé que no son las ideas. ¿Qué permaneció, entonces?
Fue un Viernes Santo cuando lo comprendí. Una estación de FM transmitía, todo el día, música de la tradición religiosa cristiana. Me quedé sentado, sólo oyendo. De repente, una misa de Bach, y la belleza era tan grande que me quedé poseído y lloré de felicidad: “La belleza hincha los ojos de agua” (Adélia Prado). Percibí que aquella belleza era parte de mí. No podría jamás ser arrancada de mi cuerpo. Durante siglos, los teólogos, seres cerebrales, se dedicaron a transformar la belleza en un discurso racional. La belleza no les bastaba. Querían certezas, querían la verdad. Pero los artistas, seres con corazón, saben que la más alta forma de verdad es la belleza. Ahora, sin la menor vergüenza, digo: Soy cristiano porque amo la belleza que habita en esa tradición. ¿Las ideas? Sibilancias de estática, en el fondo...

Así, proclamo el único dogma de mi teología cristiana erótico-herética: “Fuera de la belleza no hay salvación...”.
 
Rubem Alves - “Fora da beleza não há salvação...” (2010)

martes, 31 de marzo de 2015

Conocimiento y emoción

Todos nuestros pensamientos están constituidos por dos elementos fundamentales, conocimiento y sentimiento. 

Un pensamiento consiste de una parte de intelección con una carga emocional, y es el sentimiento que lo acompaña lo que da poder al pensamiento. No importa cuán profundo o importante pueda ser el contenido intelectual, si no hay emoción el pensamiento será estéril. 


Por el contrario, carece de importancia lo insignificante que pueda ser el contenido conceptual y racional, si existe una gran carga de sentimientos el pensamiento será activo. No hace tanta diferencia si el contenido intelectivo es correcto, o no tanto desde el punto de vista epistemológico, como si estamos convencidos de que es correcto.

Es lo que realmente creemos lo que hace la diferencia; un concepto que tenemos sobre cualquier asunto puede resultar completamente falso, pero si creemos que es cierto, tendrá el mismo efecto que si fuera totalmente verdadero, y la intensidad de ese efecto dependerá a su vez de la carga emocional que lo acompañe.

"Me mostrarás el camino de la vida. Hay gran alegría en tu presencia; hay dicha eterna junto a ti." - Salmos 16.11

Cuando comprendemos esa ley de nuestro pensamiento, comenzamos la entender la importancia de aceptar la verdad con alegría en toda fase de nuestra experiencia.

viernes, 27 de marzo de 2015

Leer en el Libro

A modo de introducción y aclaración digo de antemano que soy un seguidor de Jesús, el Maestro de Galilea. Jesús fue un semita del sur de Siria, un auténtico semita, y entiendo sus palabras, sus hechos y su persona en ese contexto cultural y espiritual. Sus primeros discípulos vieron en Jesús el cumplimiento de sus expectativas mesiánicas, y leo sus escritos teniendo eso en cuenta. Considero a la Biblia como una colección de escritos, y no dudo ni un instante en leerla usando para entenderla todas las reglas de la gramática, la estilística y la retórica. Expresado así, quizá alguna persona me califique como un intelectual liberal; sin embargo, este método de lectura es llamado histórico – gramatical y es el método usual de interpretación judía, lo fue en la época patrística y se solidificó en la Reforma Protestante. 


La lectura de la Biblia siempre ha presentado algunos problemas derivados de su propia estructura, de su lenguaje, y de sus declaraciones. Muchos de estos problemas no son inherentes al texto, sino a la óptica propia de los lectores. Lamentablemente, la Biblia no se lee como se leería cualquier otro escrito, más bien se va a ella de una forma mágica, oracular, que fuera de ser reverente es, en realidad, una tergiversación de significados para acomodarlos a una cierta visión particular. 

Este breve artículo no pretende ser una “fórmula infalible” para la lectura e interpretación del texto bíblico. Es una tentativa, y una invitación al equilibrio; es una búsqueda respetuosa, tal vez ingenua, de las múltiples voces que hacen eco en las Escrituras sagradas. No es más que un punto de vista, uno entre tantos, limitado, falible y superable, pero sobre todo honesto. 

Partiremos de tres declaraciones basales, a modo de fundamento, sobre el texto bíblico y, a partir de ellas, intentaremos establecer un parámetro de lectura que nos permita encarar en texto en sí mismo, sin adiciones, sin intereses espurios, sin traiciones: 1) la Biblia no es un libro, es una colección; 2) no existe una conexión lineal y formal entre todos los libros que la conforman; 3) la colección no es plana, sino que en ella se encuentran textos normativos, y otros simplemente casuales.

La Biblia no es un libro, es una colección:

Biblia es un término originado de la griega βιβλίον (biblíon), que significa rollo, papiro o libro, y de la expresión griega τὰ βιβλία τὰ ἅγια (ta biblía ta hágia), que significa los libros sagrados. La Biblia es una colección de libros considerados sagrados por el judaísmo (sólo la parte que nosotros conocemos como Antiguo Testamento) y por el cristianismo.

La Biblia es el libro más difundido de todos los tiempos. Ha sido escrita originalmente en hebreo, arameo y griego, y actualmente se encuentra traducida en más de 2500 idiomas, y disponible en diversas versiones, debido a los diferentes traductores.

El primer libro de la Biblia, el Génesis, fue escrito alrededor del 1250 a.C., y el último libro, el Apocalipsis, alrededor del 67-69 d.C. La Biblia fue escrita por un gran número de personas en un período de cerca de 1300 años, y pasó por muchas reformulaciones y trabajos de redacción hasta llegar a las formas textuales que se tomaron como canónicas.

La colección consta formalmente de 66 libros en las ediciones protestantes, 73 libros en las ediciones católico romanas, y 76 libros en las ediciones orientales, divididos en dos grupos principales: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Testamento (b'rith en hebreo) significa alianza, pacto o convenio.

El cánon rabínico del Antiguo Testamento contiene 39 libros, pero los judíos orientales aceptan un cánon que incluye 7 libros más y los caraítas solamente aceptan como canónicos los 5 rollos que forman la Torá, que cuentan historias relacionadas con la creación del mundo y de todos los acontecimientos del pueblo de Israel, de los hebreos.

El canon del Nuevo Testamento tiene 27 libros, todos escritos después de la vida, obra y enseñanzas de Jesús de Nazaret. El Nuevo Testamento contiene los Evangelios, que presentan un relato teológico y catequético de la historia de Jesús, abarca los acontecimientos durante su vida, su mensaje, su muerte, su resurrección; y después de su muerte, las cartas apostólicas, que presentan la historia de los primeros cristianos.

Todo lo que hemos dicho anteriormente es conocido y aceptado formalmente por la mayoría de los lectores de la Biblia, pero en la práctica es negado y substituido por una lectura plana que considera a la Biblia como un texto unificado y monolítico que bajó del cielo de manera milagrosa. Dicho de ese modo puede sonar sarcástico, sin embargo basta observar la forma de lectura e interpretación usual en los grupos religiosos, cuanto más “fundamentalistas” peor, para darnos cuenta de la veracidad de la afirmación.

Cuando nos acercamos a la Escritura conscientes de que la Biblia no es un libro unificado, sino una colección de textos de diferentes autores, escritos en diferentes épocas, en circunstancias diversas, con multiplicidad de estilos y recursos, lo hacemos sin la intención de hacerle decir lo que el texto no dice, y dejamos que esa abigarrada biblioteca se nos muestre con todo su colorido, con todas sus voces, con toda su fuerza.

No existe una conexión lineal y formal entre todos los libros que conforman la Biblia:

Un mito muy extendido en los círculos que consideran a la Biblia como un libro sobrenatural y mágico es aquel de la “armonía de tapa a tapa, de Génesis a Apocalipsis”; mito que, allende de irreal, ha traído profundo descrédito a las Escrituras y no pocas decepciones. Las mismas Escrituras no enseñan, ni reclaman, la tal pretendida “armonía de tapa a tapa”.

No hay una conexión lineal – temporal entre los textos que componen la colección bíblica. La ilusoria linea histórica es una construcción literaria debida a la creatividad de los monjes medievales y perfeccionada por los teólogos de la Reforma. El orden que ocupan los libros bíblicos en las ediciones actuales (especialmente las protestantes) nada tiene que ver con su contexto histórico, social y teológico original.

Tampoco hay una conexión formal en los escritos bíblicos. Las Escrituras están formadas por los más diversos estilos y formas literarias, sin contar las diferencias de vocabulario y uso lexical.

Pretender una sucesión uniforme de significados y significantes que estarían presentes a lo largo de toda la Biblia es, al menos, una idea bastante pueril y fantasiosa. Si a eso le sumamos el lapso temporal, espacial y cultural que nos separa del pueblo en que originaron los textos, empezamos a percibir el abismo que se nos abre para una comprensión lisa y llana a primera vista.

Al leer las Escrituras bíblicas debemos tener en cuenta la extensión de tiempo que llevó su composición: que la mayor parte de su material fue primero transmitido de forma oral y recopilado de diversas fuentes, luego sometido a numerosos procesos redaccionales hasta adquirir más o menos la forma en que los conocemos. El idioma, así como la cultura del pueblo, cambió mucho entre los primeros y los últimos escritos, por lo tanto el uso del vocabulario y sus significados pragmáticos no son siempre los mismos. En la Biblia nos encontramos diversos géneros literarios, y cada uno de ellos debe ser leído según corresponda a sus cualidades formales, no se puede leer poesía como si se tuviese ante los ojos un inventario de ganado...

Si todo lo anterior no fuese bastante, es necesario estar conscientes de las innumerables manipulaciones y francas falsificaciones a las que el texto bíblico ha sido sometido durante siglos:

a) Escritores bíblicos falsearon mensajes de Jesús o de los profetas. Por ejemplo, Pablo cambió el mensaje de Jesús para adaptarlo a las exigencias de la cultura helenista. O los escribas que distorsionaron los mensajes de los profetas hasta hacerlos decir lo contrario, algo totalmente demostrable con comparaciones en el Antiguo Testamento.

b) Revisores eclesiásticos o sacerdotes del tiempo del Antiguo Testamento falsificaron los textos – algo que es difícil de demostrar detalladamente, ya que solamente contamos con el texto canónico. Por ejemplo, cuando Jesús dijo, sobre esta roca voy a construir “mi Iglesia”: ¿Utilizó realmente la palabra “Iglesia”, u hombres de la Iglesia pusieron en su boca esa declaración? No se puede demostrar ni lo uno ni lo otro. ¿O lo dijo Jesús pero quiso decir algo muy distinto a lo que nos han hecho creer? La mayor parte se basa en indicios o teorías. Ya se falsificó muchas veces lo transmitido verbalmente antes de que se anotara algo – por ejemplo, con la persona de Moisés. Simplemente se le presenta totalmente diferente a lo que realmente fue, y por ejemplo se le atribuyó que Dios le había ordenado que hiciese sacrificios de animales.

c) Traductores tergiversan el sentido original mediante las traducciones – fácil de demostrar, ya que los “originales” están presentes. Muchas veces, sin embargo, es discutible cuál fue el sentido original. Inequívocamente, por ejemplo, es en la carta de Santiago donde claramente se habla de la “rueda del nacimiento”, una referencia a la reencarnación. La traducción unitaria alemana traduce de forma enmascarada, “circuito de la existencia” y Lutero simplemente inventa un nuevo sentido y traduce “todo el mundo”. La referencia a una rueda de renacimiento es tachada o eliminada.

d) La cuarta categoría es la “transmisión de falsas impresiones”. Un traductor tergiversa el sentido original del texto en una dirección determinada. No se puede probar que la traducción esté falsificada, pero lo está, dado que no se pregunta por el sentido original, sino que se que se saca del texto lo que se desea leer. Martín Lutero utilizó constantemente ese método, como por ejemplo cuando traduce una frase de Jesús: “El que tome la espada, deberá ser muerto por la espada” cuando en realidad dice “morirá” – una gran diferencia. La Iglesia católica romana probablemente que ha hecho de las transmisiones de falsas impresiones una norma que es vinculante por la instrucción de Juan Pablo II, del año 2001; ésta dice que en cada traducción hay que tener en cuenta la "enseñanza sobre la fe católica". Si en los siglos pasados también se trabajó así (lo cual es más que probable) entonces se confirma la teoría del teólogo Moris Hoblaj de que la Biblia es sobre todo el libro hecho a medida de la Iglesia.

e) Al fin y al cabo esto conduce a la quinta categoría de falsificaciones, la de las proyecciones de las propias opiniones o convencimientos sobre la Biblia. O sea, que para este tipo de lectores no son decisivas las palabras originarias de los textos de la Biblia para reconstruir el sentido original, sino que lo decisivo es que se pueda proyectar como fuere en la misma la enseñanza que vino más tarde y que ellos ponen como la verdad. De esa manera el mensaje de la Biblia se desvirtúa tanto que todo lector honesto de la Biblia se tendría que apartar escandalizado. Una proyección retroactiva de hechos no bíblicos en la Biblia la ejerce la Iglesia romana cuando quiere basar la instauración del papado por medio de las palabras de Jesús a Pedro, de que él era la "roca". A los protestantes, que antaño empezaron en el siglo 16 bajo el lema "volver a la Biblia", también les interesa en la actualidad cada vez menos las verdades que se encuentran en la Biblia.

La Biblia no es plana:

Esto se deriva de la primera declaración básica: la Biblia es una colección de libros y, como tal, en ella hay texto de mayor importancia y significación que otros; también hay libros que dependen de otros para ser entendidos; y, por supuesto, hay textos que fundamentan la lectura y la interpretación de otros.

Por ejemplo, los judíos dividen sus escritos sagrados en tres colecciones: Torá (la instrucción); Nebiim (los profetas); Ketuvim (los escritos). Al leer los textos, la Torá es normativa y fundante, solamente se puede obtener instrucción religiosa de ella; los Nebiim son intérpretes de la Torá y no pueden contradecirla; ya los Ketuvim contienen un testimonio de la vida cultual y la sabiduría del pueblo, por lo tanto no son fuente de dogma, ni interpretación del mismo.

Una lectura “cristiana” debería utilizar un esquema similar. Infelizmente observamos una realidad bien distinta en la cristiandad. Es terrible observar la ignorancia, el fanatismo y la obcecación de quienes se presentan a sí mismos como seguidores del Maestro de Galilea, algo que más bien es absurdo. La cristiandad es una religión acerca de Jesús, pero el cristianismo debería ser nada más y nada menos que la religión de Jesús.

Una lectura bíblica desde la óptica cristiana debe reconocer la centralidad de la persona, los hechos y las enseñanzas de Jesús. Las palabras de Jesús son la clave para la lectura cristiana de las Escrituras Bíblicas. Tomando como modelo la clasificación de la Tanaj judía podríamos proponer una clasificación bíblica de la siguiente forma: Los Evangelios (la buena noticia de Jesucristo) como texto normativo y fundante; el resto del Nuevo Testamento como intérprete del mensaje de Jesús para la comunidad; el Antiguo Testamento como ilustración de la vida comunitaria de seguimiento de Dios.

martes, 24 de marzo de 2015

El poder del perdón

El perdón es una condición fundamental para quien desee superar las propias dificultades, y realizar algún progreso espiritual significativo.


"Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo los perdonará también a ustedes; pero si no perdonan a otros, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus pecados." Mateo 6.14-15

A primera vista el perdón puede parecer una actitud impráctica, pero podemos tener la plena seguridad que no en vano todo gran maestro espiritual, incluido Jesucristo, haya insistido tan vehementemente sobre la necesidad de perdonar y reconciliarnos con el prójimo.

El rencor, el resentimiento, la ira, los deseos de revancha, no solamente arruinan nuestras relaciones interpersonales, sino que minan nuestro espíritu, nuestros sentimientos y hasta nuestra salud corporal.

Debemos perdonar las injurias, no sólo de la boca para afuera, sino también en el corazón, y es allí donde reside el poder transformador del perdón. Debemos esforzarnos en esto no sólo por el bien de los demás, sino por el nuestro propio. 

"No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto. Al contrario, devuelvan bendición, pues Dios los ha llamado a recibir bendición." l Pedro 3.9