"Toda la gente comió hasta quedar satisfecha y, cuando recogieron lo que sobró, llenaron siete canastas". Marcos 8:8
Una gran multitud seguía a Jesús en un lugar despoblado y sin recursos. Llevaban tres días sin comer y sus fuerzas ya estaban agotándose. De modo similar, todos pasamos por "desiertos" emocionales, financieros o espirituales donde los recursos se agotan y el cansancio nos vence.
Jesús no ignoró el hambre física de la multitud, ni mucho menos la espiritualizó. Su divinidad no lo aleja de nuestras necesidades terrenales más humanas. Por el contrario, el Maestro dice: "Tengo compasión de la gente". Dios siente nuestro dolor, entiende nuestra fatiga y no es indiferente a nuestras batallas diarias. Él no se limita por las circunstancias desfavorables del entorno (el desierto). Su poder opera por encima de las leyes de la escasez. Al bendecir los pocos panes, nos enseña que Dios multiplica todo aquello que se pone en sus manos con actitud agradecida y confiada.
Los discípulos reaccionaron con duda, mirando únicamente las limitaciones físicas del entorno en lugar de mirar al Maestro. Ellos preguntaron: "¿De dónde podrá alguien saciar de pan a estos aquí en el desierto?". Nuestra tendencia humana es enfocarnos en el problema y no en la solución. El texto advierte que si la gente vuelve a sus casas en ayunas, "desmayarán en el camino". Esto describe nuestra fragilidad: separados de la fuente divina, nuestras fuerzas se terminan pronto. Con frecuencia pensamos que lo que poseemos (siete panes y unos pocos pececillos) es insignificante. Olvidamos que el pensamiento derrotista bloquea las posibilidades del milagro.
Este pasaje nos lleva directamente a los pies de Jesús, mostrándolo como la respuesta definitiva a toda insuficiencia humana. El Señor pide una entrega total. Para experimentar su poder, debemos entregarle nuestras debilidades, miedos y escasos recursos con una fe expectante. El milagro físico apunta a una realidad espiritual más profunda. Solo Jesús puede saciar el hambre de paz, propósito y seguridad que el mundo no puede llenar. Al final, sobraron siete canastas llenas. Cristo no solo nos da lo justo para sobrevivir; él nos ofrece una vida abundante, llena de entusiasmo, paz y victoria sobre las dificultades.
Dejemos de enfocarnos en la escasez del "desierto" y comencemos a reconocer la grandeza de nuestro Salvador. Entreguemos hoy mismo nuestros problemas y nuestros limitados esfuerzos a Dios a través de una oración llena de fe. Caminemos con la firme convicción de que, con Cristo a nuestro lado, nuestras fuerzas serán renovadas y las canastas espirituales volverán a estar llenas.
La fe en Dios activa milagros prácticos que transforman la escasez en abundancia y la debilidad en fortaleza.

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