"Todos los cobradores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas comenzaron a murmurar, y decían: «Éste recibe a los pecadores, y come con ellos.» Entonces Jesús les contó esta parábola". Lucas 15:1-3
Sea que lo aceptemos o no, vivimos distraídos, corriendo de un lado a otro, olvidando que Dios está aquí. Pero el Señor no es un espectador pasivo. Él es el pastor que deja las noventa y nueve ovejas en el redil, y la mujer que enciende la lámpara. Él toma la iniciativa de buscar. Dios nos presta atención absoluta. Él nota la ausencia de una sola oveja o una sola moneda. Al encontrar lo perdido, Dios convoca a una fiesta (Lucas 15:6, 9). El mayor deleite de Dios no es solo salvarnos del peligro, sino disfrutar de nuestra compañía.
La oveja se pierde pastando, cabeza abajo, totalmente distraída, sin darse cuenta de que se aleja del pastor. Esa imagen representa nuestra tendencia a perder la noción de Dios por enfocarnos solo en las necesidades terrenales. La moneda, en cambio, se pierde dentro de la casa, en la oscuridad o bajo el polvo, en medio de lo rutinario. Representa a quienes están "cerca" de las cosas religiosas pero cubiertos por el polvo de la rutina, perdiendo el brillo de la comunión real.
Ni la oveja puede regresar sola por su falta de dirección, ni la moneda puede hacer nada por su rigidez. Fuera de la presencia de Dios, estamos espiritualmente desorientados e inertes.
Jesús no solo cuenta la historia; Él es el Pastor y la luz que barre el mundo. En la persona de Jesús, la Presencia Invisible de Dios se hizo visible y accesible. Jesús escandalizaba a los fariseos porque «Éste recibe a los pecadores, y come con ellos» (Lucas 15:2). La mesa de Jesús es el lugar de práctica de la presencia por excelencia. Allí hay gracia, aceptación y transformación. Cristo nos restaura al gozo del Padre. Al unirnos a Cristo, pasamos de la distancia del desierto a la intimidad del banquete celestial. No necesitamos fabricar la presencia de Dios, ni esforzarnos para poseerla; reconozcamos que Él ya nos encontró en Cristo. ¡Y la alegría es inmensa!

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