"Vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo." Juan 1:29
Cuando Juan vio a Jesús pasar aquel día lo llamó "el Cordero de Dios", dando testimonio de él como el sacrificio perfecto y final por los pecados del mundo, haciendo referencia a los corderos sacrificiales del Antiguo Testamento, especialmente el de la Pascua, que prefiguraban la redención.
Mediante su sacrificio, Jesús actúa como el mediador que derriba la barrera de culpa y separación entre la humanidad y Dios. A diferencia de los antiguos sacrificios rituales que solo "cubrían" las faltas temporalmente, el sacrificio de Cristo implica una limpieza total y definitiva, un perdón real y perpetuo. Representa la redención, el perdón gratuito y la restauración de la gracia, liberando al creyente del peso espiritual y las consecuencias eternas del pecado.
La mayoría de nosotros podemos concordar con lo anterior sin que ello signifique tener fe real y salvadora. Cuando Juan dice que Jesús es el "Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo", esa última frase es la que realmente marca la diferencia para cada uno de nosotros. Jesús es el "Cordero de Dios" que quita el pecado del mundo, ofreciendo expiación eterna, no solo simbólica, para toda la humanidad, no solo para Israel, cumpliendo la profecía y la necesidad de un salvador puro para reconciliar a la gente, a toda la gente de todos los tiempos, con Dios. Si eres una persona, y estás en el mundo, entonces significa que el "Cordero de Dios" quitó tus pecados también. ¡Gloria a Dios!
